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TAKING WOODSTOCK

Ang Lee se atreve con todo

Texto: Javier Giner

Vuelven los polvos lisérgicos, las adaptaciones teatrales naturistas de Chejov, los pañuelos a la cabeza, los dedos en V, el barro, las camisetas teñidas con lejía, el pelo largo, el buen rollo y, sobre todo, las emociones. Ang Lee, el asiático que se atreve con todo, regresa con su hacer a tierras americanas: de las de postal y carretera secundaria con polvareda y praderas inmensas de un verde casi eléctrico, vacas, leche de chocolate, Dodges, abuelas cascarrabias, racismo, cerveza y mucha gorra desgastada y barba de tres días.

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Lee disecciona sus costumbres, miserias y grandezas y se lanza, sin red, a retratar con gran rigor un fin de semana histórico (tan luminoso como oscuro) que marcó al mundo entero y fue el punto final de un nuevo comienzo: el festival de Woodstock. La película que acaba de estrenarse, deliciosa, engañosamente sencilla y emocionante, contiene momentos de grandísimo cine y evita (en la medida que puede) todos los clichés asociados a esos días (que son muchos) para poder narrar una historia personal, un coming-of-age adolescente de alguien que, supuestamente, tuvo mucho más que ver con toda la jarana de lo que nadie se atrevió a contar.

Primero se adentró en las praderas inglesas de la mano de Emma Thompson y Kate Winslet en Sentido y sensibilidad y salió victorioso de una empresa casi suicida. Atrás quedaban las exitosas comedias asiáticas Manos que empujan, El banquete de boda y Comer, beber, amar. Después llegarían los malabares de artes marciales-romántico-new age de Tigre y dragón, la rabia en forma verde de “Hulk”, las infidelidades y juegos erótico-destructivos de la aburrida clase media de los 70 en la maravillosa e invernal La tormenta de hielo (basada en la novela de Rick Moody), los amores imposibles de una belleza impresionante entre cowboys en Brokeback mountain (por la que, por fin, cosechó el Oscar al mejor director), para terminar con la deliciosa fatalidad de Deseo, peligro (que contiene, para uno que escribe, junto al de Átame! de Almodóvar, el mejor polvo de la historia del cine, así tal cual).

En esta deliciosa historia de Taking Woodstock,  James Schamus (guionista y socio de Focus Features, la productora, distribuidora y agente de ventas más interesante de la costa este americana) adapta las memorias de Elliot Tiber, un joven decorador que trabaja en el Village neoyorkino pero que no ha conseguido romper las ataduras con el negocio familiar, El Mónaco, un motel cutre de carretera situado en los montes Catskills que sus autoritarios padres (unos maravillosos Henry Goodman –que se lleva la película de calle él solito– e Imelda Staunton –¿recuerdas Vera Drake?–) están consiguiendo hundir por obsesiones y hábitos distintos. Este es el punto de partida de una película plagada de momentos mágicos y de cine con mayúsculas. Uno de los mayores aciertos de la película es su capacidad de emocionar hasta las lágrimas sin ayuda del ácido y los planos deformantes, con los elementos del buen cine: una buena historia, unos buenos diálogos y, por supuesto, grandes intérpretes. Otro gran acierto, en mi opinión, es mantener a Woodstock como telón de fondo, como simple escenario secundario de otros dramas (y comedias) mucho más importantes: la pérdida de la inocencia, la liberación, los cómicos silencios, la familia, la construcción de la propia identidad y la defensa del yo.

La capacidad de observación e interiorización que hace Ang Lee en cada película es casi un milagro. Su sensibilidad está ya fuera de toda duda. Esta película es un nuevo ejemplo de ella. Apoyado por un equipo técnico estelar (a la cabeza el diseñador de producción David Gropman), la factura de la película es impecable y consigue con maestría (haciendo que parezca sencillo aquello que es complicadísimo) una recreación impresionante no sólo ya de un momento concreto, sino de toda una época. Pero si lo que quieres es ver a la reencarnación de Jimmi Hendrix o Joplin, ésta no es tu película. Si lo que quieres es una recreación de los pasotes y los excesos, tampoco lo es. El escenario de Woodstock es eso, un simple escenario, y el festival un lugar (que como todo “contamina”, pero no protagoniza)… Se ve, pero de lejos, tan pequeño como la grandeza de lo que se cuenta. Porque Ang Lee y James Schamus sabían de la existencia del documental de Michel Wadleigh Woodstock, así que su interés no era reflejar fielmente (en el sentido histórico) dicho festival, sino contar la historia ácida y cómica de Elliot Tiber.

De lo que sí que puedes disfrutar (y no es poco) es de actores que más que encarnar, viven sus personajes (especialmente la pareja de los padres, secundarios de los que se hacen grandes) y un Liev Schreiber que (esto ya es cosecha propia) recuerda graciosamente a esa otra travesti-guardaespaldas que encarnaba John Lithgow en El mundo según Garp. Toda una referencia-cameo. Algunas claves de por qué nos hemos dejado la piel en intentar repetir Woodstock los últimos 40 años en todo lo que hacemos, ya no sólo los festivales veraniegos, sino en nuestra vida de calle, están en la película. Sin subrayados excesivos, sin necesidad de pintar con brocha gorda. Ang Lee es conocedor del medio y sabe que sugerir es más poderoso que mostrar (una máxima del lenguaje cinematográfico que alcanzó pleno poderío creativo con el Tiburón de Spielberg). Al salir del cine éste que escribe veía gente por la calle que le recordaban incesantemente a los hippies de Woodstock. Incluso muchas publicidades que viajan en autobús hoy en día siguen imitando esos tres días en los que la libertad hizo historia. Todo vuelve, supongo. Nada se inventa, o eso dicen.

Esta película no sólo es Woodstock, rock, sexo y tripis, es cine del bueno. Como en las mejores de Ang Lee: repleto de belleza, de tonos encontrados, de comicidad dramática y miserias alegres, de miradas tristes tras gafas oscuras y silencios que cuentan toda una vida llena de dolor. Es cine por momentos con mayúsculas, de ese tan elusivo y extraño, que, por sorpresa, silenciosamente, inesperadamente, emociona.

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